domingo 1 de noviembre de 2009

Capítulo I

Eran las tres de la madrugada de un martes y yo estaba parado a unos treinta metros de una casa humeante. Adentro, ya lo sabía, había un viejo calcinado. Los bomberos estaban removiendo los escombros, alumbrando el lugar con linternas y echando agua. Buscaban huesos, dientes, anillos y cosas por el estilo.
Todos sabíamos que el pobre tipo había fumado su último cigarrillo. Se habrá cansado de escuchar: “el tabaco te va a matar”. Pues finalmente fue cierto.
Es más, ya imaginaba el titular del día siguiente.
“Dejó olvidado un cigarrillo encendido, su casa ardió y murió calcinado”.
Por desgracia para mí, los únicos que no sabían cómo iba a comenzar mi crónica eran los familiares del viejo.
Estaban a mi espalda. “Ese es el hijo, el que está de rojo”, me dijo un poli, el más farandulero. Señaló discretamente a un tipo de unos 35 años que caminaba de un lado a otro, como león enjaulado. Una mujer idéntica a él (morena, robusta, labios carnosos) lo miraba en silencio, mientras aprisionaba un rosario entre sus manos. Sin dudas, era hermana del león enjaulado. Los rodeaban unos niños, de entre nueve y doce años. “Es imposible acertar la edad de los chicos de hoy a primera vista”, pensé.
En estas situaciones es cuando más cuesta conseguir los benditos testimonios. Pero yo ya tenía mi técnica. Los teóricos norteamericanos le llamarían speech. Me acerqué al tipo, apreté el anotador bajo mi sobaco izquierdo y extendí mi mano derecha:
- Disculpe el momento. Soy H., periodista del diario La Certeza. Necesito chequear algunos datos de su padre, ¿sabe? A veces la Policía nos los da equivocados y terminamos cometiendo errores.
Había dos condiciones clave para que el cuentito tenga final feliz: el tono solemne y la cara de pelotudo. La conjunción daba como resultado la obtención de una frase que luego se convertía en materia prima para mi crónica.
- Lorena –respondió el tipo, dándose la vuelta hacia donde estaba su hermana-, dale los datos del papá.
Listo. Ya tenía las frases para que los lectores se conmovieran, insultaran al gobierno, mentaran al destino y hasta alguno dijese: “miralo al viejo boludo; morirse por un pucho encendido”.

Llevaba dos años en Policiales y ya tenía la cabeza tan quemada como la del pobre fumador. Una vez le comenté a un colega que la sección debería haberse llamado “crónicas sobre la mierda humana”.
- No, hermano. La gente es tonta y la confundiría con Política-, me contestó él.

Esa madrugada llegué a mi departamento cerca de las cinco. Tenía olor a muerto chamuscado impregnado en la ropa. Quizás era solo una sensación. De todas formas, estaba tan cansado que no me bañé. Me quedé en calzones, me acosté en la cama, y abracé de atrás a mi novia.
- ¿Y?-, me preguntó. Estaba semidormida.
- Nada. Un incendio-, le contesté. Le di un beso en la mejilla y me zambullí en un sueño.