P. era analfabeto en el ámbito de los signos lingüísticos. Incontables veces se había esforzado por transformar lo invisible en gráfico, y viceversa. Pero la "h" era para él una "k", la "k" un "4" y el "4" algo ininteligible.
Consecuentemente, tenía una virtud atípica: leía a la perfección lo que subyace al lenguaje. Cualquier interacción, en la mente de P., era previsible. No sólo intuía con exactitud los caminos que seguiría cada diálogo; también podía deshacer ese laberinto a su antojo, volver atrás como si el sendero estuviese marcado con evidentes migajas -esta metáfora, justamente, le pertenece a él, aunque haya sido atribuida a terceros-.
Una de las perversas diversiones de P. era intervenir en discusiones ajenas. Siempre y cuando pudiera entender el tema que encendía la llama de la polémica, se encargaba de conducir los diálogos a terrenos belicosos.
En una ocasión, un tal Juan Martínez, albañil de profesión, pugnaba con Carlos Santos, ladrón por vocación, sobre el concepto de lealtad. Estaban los tres sentados en ronda, en el patio de tierra de la casa de Martínez, y la segunda damajuana acababa de ser descorchada. P. escuchaba omnisciente, mas en silencio, el delicado debate, iniciado luego de que el primero señalara al segundo por su forma de vida.
"Un hombre es desleal cuando es cobarde -arguyó Santos-. Usted, hermano, sabe que yo robo. Pero robo para comer, porque así me gano el pan y el vino. Esa es mi valentía. No entiendo sobre mezclas y plomadas. Eso es cosa suya; no digo que sea cagón, pero a usted le gusta lo fácil. Yo soy leal conmigo mismo, porque hago lo que sé hacer".
Martínez se desesperaba. Sus valores -el trabajo, el esfuerzo, las privaciones- eran pisoteados sin contemplación por el bandido. Este no era, por cierto, un delincuente peligroso, sino más bien un ladrón de gallinas, de prendas y, si se daba la ocasión, de billeteras jamás repletas. Al albañil, por lo general mesurado, le estaba costando moderar sus impulsos. Un poco por el alcohol, otro poco por las palabras de su vecino, había comenzado a alzar la voz.
Fue entonces cuando P. intervino. Tenía las manos transpiradas y sacudía la pierna nerviosamente; los ojos negros, abiertos al tope, se clavaban en las miradas iracundas de los rivales. Ya había dilucidado el fin de la trama. Era juez de la disputa, y las leyes que regían eran maliciosas. Desenvainó un afilado machete, con la hoja aún endulzada por la caña, y lo clavó en la tierra. "La lealtad no se discute; se defiende", les murmuró, cínicamente, a los agitados interlocutores.
El albañil asió velozmente el mango de madera; en un único movimiento, abanicó el brazo con vehemencia y clavó hondo el metal en el hinchado vientre de Santos. Esto y lo que siguió ya había sido leído por P.
